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viernes, 26 de octubre de 2007

Pantelicas para Platanoverde

Aquí va una crónica sobre el poder femenino... la pueden encontrar también en la última Plátanoverde, que está de lujo. Como para leerla de principio a fin.

Del Mensajero de las damas a la noche de las pantaleticas

Cómo camina una mujer que recién ha hecho el amor
En qué piensa una mujer que recién ha hecho el amor
Cómo ve el rostro de los demás y los demás cómo ven el rostro de ella
De qué color es la piel de una mujer que recién ha hecho el amor
Oficio puro
Víctor Valera Mora

No concibo la tarde del sábado sentada en el pretil de la ventana, mirando pasar la vida a través de los barrotes, encuadrando el aburrimiento en ese marco que desde afuera apenas revela a una joven dócil, pudorosa y casta. Un cuerpo en plano medio, que no muestra sus medidas ni sus apetitos, que sigue al pie de la letra los preceptos del deber ser religioso, de la mujer madre y esposa, en fin, un dechado de virtudes. Hubiera sido tal vez lectora disciplinada de ese edificante semanario larense llamado El Mensajero de las Damas, donde alguna vez pude haber aprendido este sabio consejo para satisfacer a los esposos: “Busca aquellas ocupaciones que más agradables le sean y que más importancia y valor te den a sus ojos, prefiriendo a todas el gobierno doméstico, que es el verdadero imperio de la mujer” .

Pero mi imperio se gesta, más bien, enmarcado en bombillos que imitan el camerino de una actriz y que iluminan un espejo. Allí se reflejan, inclementes, a manera de barrotes, cada una de las imperfecciones del cuerpo. Detrás está el mundo, la imagen del templo femenino por excelencia, el salón de belleza: corta aquí, seca allá, tiñe raíces, disfraza rostros, disimula el juanete, embellece las manos, ponle pequeñas y dulces garras acrílicas, estiliza muslos y caderas, arranca sin piedad los vellos de un solo tirón.

El calor no se puede soportar cuando veinte secadores funcionan al mismo tiempo en unos pocos metros cuadrados sin aire acondicionado. Pero no hay alternativa, el manual de la mujer poderosa dice que, así sea en una de estas peluquerías populares, para ganar la batalla hay que estar -o al menos sentirse- irresistible. Eso lo sabe bien Teolinda, la sultana de la peluquería, una abanderada furibunda de la democratización de la belleza femenina: “Eso era antes, que solamente las actrices podían ir a la peluquería, ahora no, ya nosotras mismas sabemos cómo es la cosa, aquí nos ganamos unos reales y todas pueden venir”, me dice, mientras estira una melena imposible, y le saca musculatura a sus brazos negros y macizos. Qué extraño, aquí no hay ni un solo “estilista”, pero el dueño de la franquicia debe ser uno de esos, un tal Carmelo.

Me dejo de reflexiones, no vaya a ser que se me note en la cara que me creo inteligente y espante algún levante interesante. Salgo rápido de la peluquería, estoy muy apurada y a los tacones se les salió una tapita. Coño, siempre cargo unas cholitas en el carro por si se me ocurre hacerme el pedicure, pero justo hoy se me olvidaron. Camino al sol tratando de concentrarme en no sudar, y paso frente a una construcción. Ese gremio obrero sí que es fiel, siempre te gritan piropos que te levantan la autoestima cuando tienes un barro en la cara y te sientes la más fea del salón. “Mami ¿No te dolió… Cuando te caíste del cielo?”. Hasta ahí la cosa va muy bien, pero cuando empiezan con lo de “Mami, dime quién es tu ginecólogo para…”, sudo como en la clase de spinning, pero de la arrechera. Si no son tan grandes, o tienen cara de estúpidos, les devuelvo el piropo con un insulto, pero hoy no tengo tiempo. Tengo que verme con mi tía Gabriela, después ir a la despedida de soltera de Anita y luego quién sabe. Por eso es que el secado de pelo tiene que resistir baile, chismes y revolcones de todo tipo, hasta sentimentales.

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Hoy no estoy de humor para escuchar a mi tía Gabriela, aunque sé que en el fondo siempre lo disfruto. Me encanta que me eche el cuento de sus amigas feministas de los setenta, que se lanzaron al teatro La Campiña a sabotear el Miss Venezuela, porque las mujeres no podían ser tratadas como objetos sexuales. Pobrecita María Antonieta Cámpoli, con esa ilusión que tenía, se puso nerviosísima. Menos mal que al final la cosa se compuso, y ella ganó. Pero qué ironía, si por mala suerte las feministas hubieran logrado eliminar a Osmel Sousa y su imperio, no habríamos visto a Irene Sáez jugando a la Barbie en un municipio donde no se sabía muy bien si era la madrina o la alcaldesa; o tratando de ganarle sobrada las elecciones presidenciales a un militar. “Pero mira donde terminó Irene después, en su casa, con su esposito y sus niños”, me suelta la tía Gabriela.

“Es que las cosas no son así. Hay una deuda histórica con las mujeres. La sociedad apenas empieza a cambiar, hay rostros femeninos por todos lados, aunque cuando no están en las noticias, los culos los muestran en las vallas de cerveza. Es que es muy difícil cambiar el sistema de poder más antiguo de la humanidad, o sea, el patriarcado. Y tú me dirás que la presidenta de la Asamblea Nacional es mujer, y que hay ministras mujeres, y que en la CANTV y Movilnet pusieron mujeres, y que las periodistas famosas son todas mujeres, pero revisa si hay una sola mujer en la junta directiva de PDVSA. Tú lo sabes, lo viste en la universidad, seguro que un montón de niñas estudiaron Derecho, se graduaron, y ve a ver cuál es la proporción en los tribunales”, me dice mi tía preferida. Yo mientras tanto me acomodo la falda, y pienso qué pasaría si yo fuera ingeniera civil y tuviera que ponerle orden a los obreros que me acaban de bucear en la esquina.

“Pero bueno tía, es que todo este cuento de las leyes que favorecen a las mujeres, del Código Civil y la igualdad de condiciones en la sociedad conyugal a mí no me dan ni frío ni calor, porque yo siempre he hecho lo que me ha dado la gana”, le respondo, como para ir cortando y salir rápido a la fiesta. “¿Ahh, tú ves?, es que de eso no hace mucho, eso fue hace poquitico, en los ochenta, en los noventa. Es que hay hasta una ley de paridad para los cargos públicos que no se aplica, porque a una diputada le pareció que era injusto para los hombres. Es que nosotras mismas estamos confundidas. Menos mal que ahora por lo menos se reconoce el trabajo doméstico y hay una que otra gerente en la empresa privada, eso sí, tienen que ser más arrechas que los hombres, y andar todo el día de punta en blanco. Yo te digo, aquí hay que buscarse estrategias de resistencia. ¿Te vas a ir? ¿Quién es la que se casa? ¿Sucumbió al novio ese que tenía? Bueno, está bien, vete y deja de andar viendo esa pendejada de Sex and the City. Vete, vete. Sí, sí, estás linda, no se te notan los cañones en las piernas”.

Sí, definitivamente me gusta escuchar eso de las estrategias de resistencia. Estrategia de resistencia fue la que aplicó la Tatis cuando la dejó el novio y se puso 500 cc en cada teta, o el puchero ese infalible que le hace la Caro al jefe, para que le lance las reuniones aburridas al otro tipo que trabaja en la oficina. Pero la mejor fue la de la huelga de piernas cruzadas: resulta que a las novias de unos pandilleros colombianos de Pereira se les ocurrió que si les aplicaban la abstinencia por una semana, a lo mejor ellos recapacitaban y se dejaban de tanta violencia. Otra buena es la de dirigirse a todos los seres vivos anteponiendo la frase “mi amor”, esa hay que aplicársela, sobre todo, a las secretarias. Lástima que Kathy no ha aprendido que la estrategia de dárselas de arrecha con la peluquera, y vivir peleando con ella, atenta peligrosamente contra su imagen.

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Comenzó la tarde de pantaleticas. Me encanta, puras jevas hablando duro y sin pena, de vez cuando cae bien, sobre todo después de la descarga de conciencia femenina que me acabo de echar. “¡Amigaaa! ¡Holaaa! ¡Maricaaa! ¡Que bellaaa! ¿Ya está todo listo? ¿Viene la chama del Tarot? ¡Consulta colectivaaa! Buenísimooo, así de una vez nos actualizamos con todos los cuentooos. Yo te dije que lo que está de moda es llevar un sexólogo a las despedidas de solteras, y bueno, no conseguí los strippers, pero vamos bien con lo esotérico. Mira, te traje un regalito. Uno es un consejito que leí en un periódico de mil ochocientos y pico –como decir la Vanidades de la época, pues- y dice: “Tus atenciones con él deben ser continuas, mas no inoportunas; afectuosas, más no afectadas”. Ahhh, ¿qué taaal? Mentiraaaa, lo que te traje fue… ¡Un vibrador ro-saaa-dooo!”.

La cosa se volvió un despelote después de que Ale nos leyó las cartas –y no era la primera vez, porque desde que conseguimos nuestra “bruja chic”, toda tatuada, vamos siempre a consultarnos-. Todas nos emborrachamos para olvidarnos de los cachos que nos están montando, de los viajes fallidos, del hombre moreno que no nos va a parar bola nunca, pero sobre todo del tema de la infidelidad. Ale nos decía: “En esta fiesta hay más mujeres que hombres, porque cuando les echo las cartas les salen de a tres a cada una. Ahora las mujeres son las que montan cachos vale, qué impresión. Todas se ponen a llorar cuando les digo que el hombrecito ese no es el tipo, pero se secan las lágrimas y se les dibuja una sonrisota cuando me empiezan a preguntar por el que les veo venir. Qué vaina, los sacerdotes, los místicos, los shamanes, los magos, todos son hombres, pero al final, ¿quién es la que descubre las verdades ocultas? la Suma Sacerdotisa. Nos tienen jodidas con ese cuento de que si nos viene la regla no podemos hacer ningún ritual. ¿No lo voy a saber yo, que he sido policía de tránsito, modelo, masajista y mil cosas más? Al final es la misma vaina siempre, si no es un hombre el que te quiere agarrar el culo, es una mujer. ¡Salud!”.

Después vinieron las confesiones de la secretaria de la agencia donde trabaja Anita, que siempre vemos tan seria haciéndole guardia como un bull dog a la oficina del presidente. La mujer nos confesó que si a ella no le cae bien alguien, no pasa a ver al jefe jamás. Es que esa relación yo nunca la he entendido, es una cosa enferma, ella hace todo lo que el jefe no quiere hacer, y termina mandando más que él. Es como la muchacha que trabaja en la casa de mi amiga Lori, que iba todos los días y decidía qué se comía, con qué jabón se lavaba, cuál era la lista del mercado y a qué hora hacían la tarea los muchachitos. O sea, Lori era como un cero a la izquierda en su casa. Pero un buen día, el marido de la muchacha se levantó con los celos alborotados y no la dejó trabajar más. Ni en casa de Lori, ni en mi casa, ni en casa de la mamá de Anita. Y a eso sí lo llamaría yo un verdadero plan de desestabilización, fue peor que el terrorismo financiero.

Tan bella mi Anita, a punto de casarse y ahí vomitando en la poceta cuando apenas empieza la noche. Esa sí que se gozó la vida en Europa, sin necesidad de casarse con un bobo de estos que vienen aquí a buscar mujeres exóticas. Me decía que me fuera de rumba con el primo de la Tatis, y yo le hice caso. Ya él me había coqueteado una noche, y yo le había seguido la cuerda, más por cortesía que por gusto. Pero después de esos cocteles dulces horrendos que nos tomamos, y que nos pusieron a cantar I Will Survive a todo gañote, además de varias canciones de Julieta Venegas, lo más prudente era salvar la noche con el primo Santiago, que estaba coleado en la despedida. Cuando nos montamos en el carro, lo empecé a ver hasta lindo, y además tenía buena conversa.

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“Dime cositas, dime cositas”, le susurraba al oído, pero él nada. Me pedía que le diera un poco de tiempo. “Mi novia me cortó los servicios por falta de pago, como quien dice”, confesó Santiago, ahí medio desnudo en la cama. ¿Cuál tiempo? Tiempo había tenido él en el bar de strippers al que lo arrastré para ver si podía entrevistar a una de las chicas de los batitubos para el artículo este que me pidieron sobre el liderazgo femenino. La muchacha habló conmigo, como para que no me sintiera incómoda, pero a Santiago sí le recitó la cartilla de pe a pa: “Este negocio no funciona sin nosotras. Los clientes vienen y se creen este mundo de magia. Es que nosotras somos más sensibles, y por eso somos fuertes. Cada quién está en el puesto en el que quiere estar, como yo, que tengo mi pareja, pero soy quien manda en la casa. Hay muchas cosas que los hombres ven y se enamoran, se enamoran de la imagen de la chica montada en el tubo. Yo no me voy a sentar a hablar con una persona que me quiera tocar, sino con alguien que esté centrado, que respete mi arte, no con un gafo. El arma simplemente es la fachada. Ustedes de repente ven una mujer muy sexy y se deslumbran solitos, ustedes hacen todo el trabajo, uno sólo les da la imagen, o sea, son más tontos que nosotras”.

La muchacha se llamaba Onix, y aunque ya yo estaba prendida cuando nos sentamos a ver el show, me acuerdo que había otras mujeres viendo los números de las strippers mientras le agarraban el brazo frenéticas a los novios. Onix estaba vestida de policía y ya había bailado, vestida de enfermera o colegiala, alguna canción de Metallica y la infaltable Crazy, de Aerosmith. Me acuerdo también que nos dijo que los coreógrafos de estos lugares siempre son hombres, y que entre ellas se llevan bien, aunque nunca falta el grupito de las que están súper operadas y se creen más que las demás. Hay que verle la cara a pasar al menos cuatro horas haciendo acrobacias en ese tubo, por eso es que se mantienen en forma. Pero además tienen que calarse a las parejas de los tipos, que deciden acompañarlos al bar para ver qué carajo es lo que les gusta de ese mundo, para participar en sus fantasías. Total fue que con Santiago terminé en plan de comprenderlo, porque estaba enrollado, aunque la jevita soy yo. Y se lo dije, le dije que si lo que tenía era una disfunción sexual, que comprara su Sildenafil, o lo que es lo mismo, su Viagra, su Cialis, su Levitra, lo que sea. La noche terminó a medias. Estaba contenta por mi amiga, fastidiada por haberme encontrado un tipo enrollado, enratonada y con un artículo pendiente por escribir. Pero después de todo, ya ni ganas tenía de hacerlo, así que apenas amaneció, llamé a Héctor, mi editor, para que nos viéramos.

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“¿Hola mi amor, cómo estás?”, Me dijo Héctor apenas me vio, con su paciencia inagotable y su tono dulce de palmerita de chocolate. “Se te nota que estás trasnochadita. Cuéntame cómo va el artículo”. No sabía cómo decirle que ya no quería escribir nada para el fulano Plátanoverde, pero al menos tenía que echarle el cuento de lo que había pasado el día anterior. “Mira, lo que pasa es que ya yo hice la tarea: entrevisté a la stripper, hable con mi tía feminista, con la bruja, con la secretaria, y no veo nada nuevo en esto. Ya te conté todo lo que me pasó anoche y tú me dices que está buenísimo, que hay material, pero yo no me lo creo. Yo lo que creo, más bien, es que tú quieres que entreviste a las caras de moda, a esas que se supone que representan la visibilización del liderazgo femenino”.

¿Qué quieres, que entreviste a María Corina, Lina Ron, Carla Angola, Cilia Flores, la fosforito, la profesora Marta y la Gollinger? ¿Qué les voy a preguntar? ¿Que si se leyeron Doña Bárbara, Ifigenia, Hanna Harendt y Virginia Woolf? ¿Qué opinan de Hillary Clinton y Cristina de Kirchner, de Rosa de Luxemburgo? ¿Qué van a hacer por los niños pobres y la paz mundial? Yo lo que creo es que tú estás soñando que ahora Norkis Batista no sólo está buena, sino que es una luchadora social. Tú quieres que yo encuentre en las mesas técnicas de agua a una líder comunitaria que sea como Frida Kahlo, pero recién salida de la peluquería. Tú quieres que encuentre el poder de la pantaleta.

Perdóname si exagero, Héctor, pero es que amanecí sensible y todo esto me parece absurdo, además estoy enratonada. Coño, tú dices que ustedes los hombres se las ven difíciles porque ahora tienen que estar pendientes de que las mujeres no les montemos cachos, además tienen que ser cariñosos pero firmes, proveedores pero no machistas, con sentido del humor y además buenos amantes, darnos un masajito cuando llegamos estresadas del trabajo. Pero imagínate lo que nos toca a nosotras, tenemos que ser un híbrido entre una madonna de Miguel Ángel, y la Madonna de Like a Virgin.

En fin, ya me puse ladilla con esta lloradera, como La Lupe pues, según tu punto de vista, yo soy la mala. Mira, dile a los tipos estos de Plátanoverde que si quieren yo escribo otro artículo, porque esto yo no lo veo viable. Después de todo, a mí lo único que se me ocurre es que alguna genio por ahí decidió releer a Maquiavelo, y se le metió en la cabeza que ahora, como dice en El Príncipe, es mejor ser temidas que amadas. Eso sí, me quedaron claros los consejos de El Mensajero de las Damas, y una cosa más. Una cosa que sólo un viejo de setenta años, con un trago de wihsky en frente, y para colmo poeta, me dijo -palabras más palabras menos- hace ya unos años: “Las mujeres pueden fingir un orgasmo, nosotros no. Nosotros nos entregamos, nos derramamos en ellas, pero ellas son las que tienen la misión de concebir. Las mujeres son un misterio para los hombres, pero todos los hombres venimos de una mujer. Venimos de allí, y allí queremos volver, llenar ese lugar de donde salimos”.

K.

martes, 14 de agosto de 2007

Espiritu Santo

Pague y pare de sufrir


“El Negro. Matrimonio, suerte, espiritismo, amarre, separación, dominio desespero 24 horas, cancele después”. Por 6.000 pesos este aviso aparece cada día en la página 7C del diario El Universal. Cuesta 180.000 al mes, y sumando 120.000 del alquiler se obtiene un total de 300.000. Es lo que invierte Antonio Daza en su negocio. Atiende -en un día normal- dos clientes, cada uno paga 10.000 pesos por la lectura del Tarot; suman 600.000 cada 30 días.

Basta una llamada telefónica para conseguir la cita a las 11:30 de la mañana en el barrio 5 de Noviembre. Veinticinco minutos en taxi lo separan del centro de la ciudad. En una casa humilde, a pocos metros del centro comercial La Castellana, se puede conocer qué depara el futuro. Una mujer, que podría ser un alma en pena por su contextura, recibe a los clientes. En pocos minutos Antonio se asoma a la puerta de un cuarto mínimo, y con los ojos muy abiertos informa que pronto estará todo listo para la sesión.

Antonio atiende a los clientes entre cuatro paredes blancas. Nada de imágenes, altares u ofrendas. Sólo hay un ventiladorcito que gira frenéticamente en las paredes. La ventana está tapada por una sábana y constantemente pasa gente a la que no parece interesarle lo trascendental de cada sesión, tienen la misma indiferencia de Antonio en el rostro. El adivinador no tiene señas particulares: es moreno, de ojos verdes y se viste como un tipo cualquiera, con camisa verde a cuadros y jeans, sin collares ni aretes.

Se sienta tras su escritorio rojo y explica: “lo primero es leer el Tarot, si tienes alguna pregunta la puedes hacer, y después decidiremos si hay que hacer un “trabajo” de otro tipo. Por el momento serán 10.000 pesos”. Después de anotar la fecha de nacimiento del cliente, que parte el mazo en tres, comienza la sesión. No hay invocaciones ni formas rituales. “Por su futuro, su porvenir y lo que ha de venir”, dice, y de inmediato echa la primera carta. “Eres perseverante, te favorece ser independiente”, y continua mientras la fuerza, el loco y la rueda de la fortuna apuntan hacia el techo de zinc: “tu salud está estable, no tienes suerte para el juego, ojo con una pareja que te propondrá un mal negocio, hay una mujer mayor pendiente de ti, debe ser tu mamá”. Los arcanos mayores del tarot deben sentir el mismo calor y agotamiento que se ve en la cara de Antonio. Están aburridos de las sorpresas, prefieren hablar de generalidades que saben de memoria. Después de 15 minutos hay siete filas de cuatro cartas cuidadosamente ordenadas y se supone que todas las dudas están disipadas: “tu suerte no tiene trabas, no hay ningún maleficio sobre ti”.

Antonio estudia psicología y su único sustento es el oficio de adivinador. Trata de no mezclar la ciencia con el mundo al que llama “espiritual”, pero no niega que pone en práctica lo que ha aprendido en la universidad. “Cuando viene un cliente muy angustiado trato de ayudarlo en el aspecto psicológico y luego voy a lo espiritual”, afirma. No quiere que sus compañeros y profesores sepan cómo se gana la vida porque teme que le pierdan el respeto. Pero mientras termina la carrera, podría llegar a cobrar más de un millón de pesos por un “trabajo”. “Mi tarifa depende de la dificultad del trabajo, pero sobre todo de las posibilidades del cliente. Cuando me doy cuenta que alguien está muy urgido puedo hacerlo sin cobrar casi nada”, cuenta Antonio.

Si tuviera que referirse a un maestro, nombraría a su hermana: la Cacica María. El oficio viene de familia: de diez hermanos, seis lo practican. Pero cada uno atiende públicos diferentes. Quienes anuncian en el periódico reciben todo tipo de clientes, mientras que los que anuncian en la radio atienden personas de estratos más bajos. En ambos casos afirman que 90% de los clientes son mujeres, “son las que están más golpeadas por los problemas sentimentales”, dice sin dudas. Cuenta que debe haber por lo menos 20 adivinadores profesionales en Cartagena. Llama profesional a todo aquel que anuncie en radio o prensa.

La utilidad neta de 300.000 pesos mensuales puede aumentar si algún cliente desea separar al ser amado de otra persona o atrapar a la pareja ideal. “Para hacer un trabajo así tengo que analizar la relación, si no se conocen será demasiado difícil que lleguen a casarse. Si la persona es viable entonces acudo a la santería: invoco al Negro Felipe o a María Lionza, o al espíritu de alguien", explica convencido de su don paranormal, pero no niega que existen los “trabajos” imposibles.

La sesión termina y Antonio se monta en su moto. Llega a la avenida Daniel Lemaitre y pasa frente a la Iglesia de la Oración Fuerte al Espíritu Santo. Las puertas están abiertas para quienes fracasaron en las invocaciones paganas. Un volante cae en manos de algún transeúnte que se acerca curioso a la puerta del antiguo Teatro Cinerama. El local resalta por su blancura y pulcritud en medio de una calle atiborrada de vendedores ambulantes, fruta, champeta y mal olor. No importa si la persona (ya no cliente) está pasando por “situaciones difíciles tales como desempleo, enfermedades, vicios, peleas, desamor, fracasos familiares”. Según el papel, el plato fuerte para esta semana será la “gran distribución del aceite santo de Israel”. Si queda alguna duda de la efectividad de aceite, se aclara con testimonios impresos: “Mi nombre es María de la Ossa. Los médicos detectaron cáncer en mi matriz. Recibí la unción del aceite santo de Israel en el nombre de Jesús, y recibí mi sanidad total. Ya no sufro más”.

A las 7:00 de la noche está programado el próximo servicio. En el lugar que antes fue una sala de cine para 300 personas, se mantienen las butacas desgastadas, pero ya no hay alfombra ni pantalla, en su lugar se levanta una pequeña tarima y al fondo se lee “Jesucristo es el señor” en letras rojas. Un podio domina las escena y a los lados un equipo de sonido y una mesa. Poco a poco se llenan las primeras filas, cada persona que llega se acerca a la tarima y coloca en el suelo la fotografía de los familiares por los que rezarán hoy. Las música de fondo podría provenir de una emisora de radio cualquiera, solo que las letras de las canciones parecen construirse con base en una sola palabra: Jesús.

Los asistentes leen la Biblia mientras esperan, pero no se ven crucifijos ni imágenes por ningún lado. El “pastor” conversa aparte con una señora canosa con rostro de preocupación. Termina la charla y se percata de la presencia de dos personas ajenas al resto del grupo. Mira inquisidor, se acerca y pregunta “¿Usted tiene una libreta? ¿Por qué está anotando?”. Revisa los apuntes y deja la santidad a un lado para enfurecerse. “¡Eso no está permitido, este es un lugar público si usted viene a participar, pero si viene a investigar se convierte en privado!”. El pastor tiene acento brasileño, pero a medida que la discusión se acalora se le ven las costuras lingüísticas, cada vez le cuesta más controlar su ira, lo que deja en evidencia su lengua materna: el castellano costeño.

Para efectos de la discusión no tiene nombre, simplemente es un negro, encorbatado, de 1,80 metros y fornido. Pregunta por el grabador, comprueba que no está prendido, pero ya no hay vuelta atrás. Se siente “burlado”, “irrespetado”. A pesar de la promesa de no anotar ni grabar, continúa perdiendo la paciencia. No concibe que alguien presencie la ceremonia sin haber pasado por el proceso de sugestión y autoconvencimiento que la Iglesia de la Oración Fuerte al Espíritu Santo se encarga de transmitir a través de cualquier medio. Quieren convencer a los desesperados.

“Si ustedes estuvieran sufriendo no vendrían aquí a anotar ni a grabar nada. La gente que viene como ustedes lo hace para hacernos daño. Además, les invito a que salgan por la misma puerta que entraron”. Ante la poca sumisión decide no esperar la justicia divina, así que pide a uno de sus “colegas” que llame a la policía. Ya la discusión retumba en estéreo por toda la sala, los asistentes ni se atreven a mirar. Con el mismo fervor con el que invita a los fieles a entregar más de la mitad de su salario, el ministro dice: “yo soy pastor, pero también soy un hombre, y te puedo dar de coñazos”.

Ya en la calle y aclarada la intención periodística de la visita, los agentes de la Policía Metropolitana –que llegaron en menos de cinco minutos- estaban perplejos. El pastor continuó discutiendo: “Ustedes creen que yo tengo algo que ocultar, pero yo no tengo nada que ocultar”. Se le pregunta: “¿Por qué no podemos entrar entonces?”, contesta enfurecido: “Porque ya no quiero”.

El año pasado la policía no llegó a tiempo. En la sede de la Oración Fuerte al Espíritu Santo en Caracas, el pastor principal fue asesinado. Los delincuentes cargaron con más de 600.000 dólares en efectivo (en moneda local), que es lo que dejan los diezmos de una semana de milagros.

K.

Maricatalina

La vía más libre de Cartagena

“Querida amiguita, te invitamos a votar, recuerda que faltan pocos días para la elección”, dice el único letrero en la antesala de la discoteca. Es que el próximo 18 de agosto se entregarán los premios India Maricatalina. Adentro hace menos calor que fuera, pero todos sudan más, transpiran sensualidad. Un hombre alto y viril, con casco amarillo de obrero se acera, sonríe, saluda; luego comprendo que me ofrece algo de tomar. No sé la hora pero ya la noche comenzó. Estoy en Vía Libre.

El taxista que me llevó dijo, sin dudarlo, que “de ese tipo, es la discoteca más antigua de Cartagena”. Al frente está el Cerro la Popa y nos detenemos en el número 19A-18 de la avenida Pedro Heredia. Pagué 10.000 pesos para entrar, 5.000 de ellos consumibles. Tras la barra, franqueada por cuatro paneles de acrílico iluminados en naranja y verde, está José Ramos. Todos le dicen “Jóse”, y recibe un trato especial por aquellos que lo consideran una institución en el ambiente. Probablemente ser el dueño de la discoteca gay tradicional de la ciudad lo ha hecho merecedor de ello. Viste una camisa naranja y sus medidas lo distinguen de los barmans, también sus canas hacen la diferencia entre los chicos coquetos y el señor afable.

Todos en la disco viven como propia la última victoria de Jóse, y hablan de ello con orgullo. Vía Libre fue expulsada de las murallas de Cartagena por estar en un local cercano a un liceo, y después de un pleito legal de más de un año, Jóse me dice complacido, pero sin apasionarse, “ganamos, pronto volvemos al centro”. Seguramente la entrega de los Maricatalina será allá.

Las inhibiciones se disuelven en el humo cuando me asomo desde el discplay, separado de la pista por 10 escalones que aguantan baile, besos, caricias y más. Arriba Marcelo, micrófono en mano, anuncia que el performance está a punto de comenzar. Le pregunto si hay muchos homosexuales en Catagena: “hay demasiados, pero son bacanos” dice, y contraataca: “¿Tu eres gay?”, y ante mi negativa no tiene reparos en decirme “soy hetero y quiero tener una aventura contigo”.

Abajo una pequeña tarima soporta el peso de Rodrigo, Alberto y Carlos. Están listos para comenzar la función vestidos con prendas que parecen robadas del closet de alguna tía solterona. Son el trío perfecto: la rubia, la morena y la pelirroja, todas con pelo en el pecho. La rubia, muy desenvuelta a pesar de lo descuidado de su peluca, abre el show con la mímica de una pieza interpretada por Monserrat Caballé. Fueron quince minutos de lluvia de papelillo, paños menores, chistes de “locas” y las peores canciones de Pulina Rubio, cerrando, como era de esperarse, con “Ese hombre es mío”. Puedo tocar la bola de espejos desde donde estoy, pero prefiero lanzarme a los jeans ajustados, las camisetas ceñidas y los colores del arcoiris, símbolo del orgullo gay.

Abajo todo se menea: negros, negras, rubios, rubias, gafas oscuras, canas, senos, piernas, nalgas y manos, muchas manos. Me da la impresión de que en un sitio heterosexual nunca habría podido ver tantas personas besándose al mismo tiempo. Todo al ritmo del techno. El discjockey acelera cualquier tema que le pase por las manos, de repente todos saltan con “Pequeña y frágil” de Saú, o con alguna imitación barata de Eurythmics y sus “Sweet dreams”. Pero si había alguien bailando sin pareja, tuvo que sentarse, porque cuando empezó el ritmo tropical se impuso la ley del apretadito.

La puerta del baño es transparente. A la derecha están los orinales y a la izquierda una poceta privada. Huele a eucalipto y el ambiente está húmedo. Un rubio perfectamente afeitado le pide a su compañero que no deje de besarlo mientras orina, están pasándola de lo mejor. No son los únicos, todos parecen estar relajados, contentos. La señora que cuida el baño también lo está, me pregunta por mi novia y le digo que no tengo. Se disculpa por haberme ofendido y acto seguido le aclaro que no me ofende en lo absoluto. “Así es la gente que viene a Vía Libre, no se complica y es feliz”, contesta la morena delgada que todos los jueves, viernes y sábados reparte el papel higiénico.

Pago 5000 pesos por un ron con Sprite, y ya me muevo a mis anchas por los 30 x 70 metros del local. Tengo los ojos entrecerrados y las luces titilan. Desde arriba un reflector me sigue a donde me muevo, es Marcelo (el animador hetero) que trata de intimidarme con el haz de luz. Pero resulta útil para mis acompañantes: sólo buscan la luz y me encuentran. De hecho, fue más útil aún cuando uno de ellos, sin quererlo, fue abordado por una camiseta roja y ajustada y unos ojos verdes con mirada desesperada.

Miguel quería mucho más que baile con mi acompañante y tuve que aclarar la situación. Comenzamos a conversar, contó que vive en Sincelejo y que viene cada dos semanas a rumbear a Cartagena. Es arquitecto y trabaja en la construcción de viviendas de interés social para refugiados. Su relación con Angel está pasando por un mal momento, por eso, a pesar de que fueron juntos a bailar, está buscando a alguien más. Insiste en que le gusta mi amigo y pide que nos besemos para comprobar que no somos gay. Con sus ojos verdes y grandes me dice emocionado que fue postulado a la India Maricatalina como el más regio. “Imagínate que hay una categoría que se llama ‘miss capa de ozono’, se la dan al que el agujero se le pone cada vez más grande”, y lanza una carcajada estruendosa.

Gustavo no ha bailado en toda la noche a pesar de su perfil perfecto, cuerpo escultural y 24 años. Estudia publicidad y se siente un tipo con suerte, “mi familia me acepta, mis mejores amigos también saben que soy homosexual, aunque no se lo cuento a todo el mundo”. Su última relación terminó hace poco, ya no está con Jóse, tal vez por eso le incomoda bajar a la barra. No duda en afirmar que la comunidad gay de Cartagena es grande, pero se lamenta de que el machismo influya en el comportamiento de muchos. “Se ve mucha bisexualidad porque hay quienes, para evitar la presión social (esta ciudad es pequeña y todo se sabe), mantienen relaciones con hombres y mujeres”, también comenta que esa noche hay más mujeres homosexuales que en ninguna otra.

La música para bruscamente, las luces se encienden, y los ojos verdes de Miguel ya no son verdes. Fusil en mano entran cinco agentes de la policía Metropolitana. Jóse me invita a pasar detrás de la barra y las mujeres guardan sus carteras allí. “Es que la toma de posesión de Alvaro Uribe es el miércoles y han soltado los perros”, dice mi acompañante. Jóse saluda al comandante como a un viejo amigo, va a la caja y pide efectivo. Charlan mientras los policías piden identificaciones. La rubia del performance, ahora transformada en un hombre con camiseta de Superman, no se inhibe con la presencia policial. Se sienta sobre la barra y comienza a cantar de nuevo la pieza de Monserrat Caballé. “Se llama ‘la felicidad’, y pase lo que pase hay que seguir cantándola”. Pregunto si es usual que esto ocurra, Jóse me contesta que no, “lo que pasa es que este comandante es nuevo y quiere pasar revista a todos los locales para cuadrar el sueldo”, dice, confiado en que pronto llegarán a un acuerdo de convivencia.

Sigo sin saber la hora, y de vuelta a casa mi otro acompañante hace sólo un comentario: “En este ambiente hay igual o más discriminación que afuera. Los lugares se dividen según el auto del que te bajes al llegar; pero en Vía Libre no pasa eso, es una disco clásica y popular al mismo tiempo, no es plástica”.

A las 2:00 de la tarde me despierto y llamo a Jóse. Con la misma tranquilidad de la noche anterior, acepta mi invitación a conversar. A las 9:00 pasará por el hotel y lo entrevistaré para hacer un reportaje.
K.

Invierta en placer (Sexo en Climax)

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