martes, 14 de agosto de 2007

Espiritu Santo

Pague y pare de sufrir


“El Negro. Matrimonio, suerte, espiritismo, amarre, separación, dominio desespero 24 horas, cancele después”. Por 6.000 pesos este aviso aparece cada día en la página 7C del diario El Universal. Cuesta 180.000 al mes, y sumando 120.000 del alquiler se obtiene un total de 300.000. Es lo que invierte Antonio Daza en su negocio. Atiende -en un día normal- dos clientes, cada uno paga 10.000 pesos por la lectura del Tarot; suman 600.000 cada 30 días.

Basta una llamada telefónica para conseguir la cita a las 11:30 de la mañana en el barrio 5 de Noviembre. Veinticinco minutos en taxi lo separan del centro de la ciudad. En una casa humilde, a pocos metros del centro comercial La Castellana, se puede conocer qué depara el futuro. Una mujer, que podría ser un alma en pena por su contextura, recibe a los clientes. En pocos minutos Antonio se asoma a la puerta de un cuarto mínimo, y con los ojos muy abiertos informa que pronto estará todo listo para la sesión.

Antonio atiende a los clientes entre cuatro paredes blancas. Nada de imágenes, altares u ofrendas. Sólo hay un ventiladorcito que gira frenéticamente en las paredes. La ventana está tapada por una sábana y constantemente pasa gente a la que no parece interesarle lo trascendental de cada sesión, tienen la misma indiferencia de Antonio en el rostro. El adivinador no tiene señas particulares: es moreno, de ojos verdes y se viste como un tipo cualquiera, con camisa verde a cuadros y jeans, sin collares ni aretes.

Se sienta tras su escritorio rojo y explica: “lo primero es leer el Tarot, si tienes alguna pregunta la puedes hacer, y después decidiremos si hay que hacer un “trabajo” de otro tipo. Por el momento serán 10.000 pesos”. Después de anotar la fecha de nacimiento del cliente, que parte el mazo en tres, comienza la sesión. No hay invocaciones ni formas rituales. “Por su futuro, su porvenir y lo que ha de venir”, dice, y de inmediato echa la primera carta. “Eres perseverante, te favorece ser independiente”, y continua mientras la fuerza, el loco y la rueda de la fortuna apuntan hacia el techo de zinc: “tu salud está estable, no tienes suerte para el juego, ojo con una pareja que te propondrá un mal negocio, hay una mujer mayor pendiente de ti, debe ser tu mamá”. Los arcanos mayores del tarot deben sentir el mismo calor y agotamiento que se ve en la cara de Antonio. Están aburridos de las sorpresas, prefieren hablar de generalidades que saben de memoria. Después de 15 minutos hay siete filas de cuatro cartas cuidadosamente ordenadas y se supone que todas las dudas están disipadas: “tu suerte no tiene trabas, no hay ningún maleficio sobre ti”.

Antonio estudia psicología y su único sustento es el oficio de adivinador. Trata de no mezclar la ciencia con el mundo al que llama “espiritual”, pero no niega que pone en práctica lo que ha aprendido en la universidad. “Cuando viene un cliente muy angustiado trato de ayudarlo en el aspecto psicológico y luego voy a lo espiritual”, afirma. No quiere que sus compañeros y profesores sepan cómo se gana la vida porque teme que le pierdan el respeto. Pero mientras termina la carrera, podría llegar a cobrar más de un millón de pesos por un “trabajo”. “Mi tarifa depende de la dificultad del trabajo, pero sobre todo de las posibilidades del cliente. Cuando me doy cuenta que alguien está muy urgido puedo hacerlo sin cobrar casi nada”, cuenta Antonio.

Si tuviera que referirse a un maestro, nombraría a su hermana: la Cacica María. El oficio viene de familia: de diez hermanos, seis lo practican. Pero cada uno atiende públicos diferentes. Quienes anuncian en el periódico reciben todo tipo de clientes, mientras que los que anuncian en la radio atienden personas de estratos más bajos. En ambos casos afirman que 90% de los clientes son mujeres, “son las que están más golpeadas por los problemas sentimentales”, dice sin dudas. Cuenta que debe haber por lo menos 20 adivinadores profesionales en Cartagena. Llama profesional a todo aquel que anuncie en radio o prensa.

La utilidad neta de 300.000 pesos mensuales puede aumentar si algún cliente desea separar al ser amado de otra persona o atrapar a la pareja ideal. “Para hacer un trabajo así tengo que analizar la relación, si no se conocen será demasiado difícil que lleguen a casarse. Si la persona es viable entonces acudo a la santería: invoco al Negro Felipe o a María Lionza, o al espíritu de alguien", explica convencido de su don paranormal, pero no niega que existen los “trabajos” imposibles.

La sesión termina y Antonio se monta en su moto. Llega a la avenida Daniel Lemaitre y pasa frente a la Iglesia de la Oración Fuerte al Espíritu Santo. Las puertas están abiertas para quienes fracasaron en las invocaciones paganas. Un volante cae en manos de algún transeúnte que se acerca curioso a la puerta del antiguo Teatro Cinerama. El local resalta por su blancura y pulcritud en medio de una calle atiborrada de vendedores ambulantes, fruta, champeta y mal olor. No importa si la persona (ya no cliente) está pasando por “situaciones difíciles tales como desempleo, enfermedades, vicios, peleas, desamor, fracasos familiares”. Según el papel, el plato fuerte para esta semana será la “gran distribución del aceite santo de Israel”. Si queda alguna duda de la efectividad de aceite, se aclara con testimonios impresos: “Mi nombre es María de la Ossa. Los médicos detectaron cáncer en mi matriz. Recibí la unción del aceite santo de Israel en el nombre de Jesús, y recibí mi sanidad total. Ya no sufro más”.

A las 7:00 de la noche está programado el próximo servicio. En el lugar que antes fue una sala de cine para 300 personas, se mantienen las butacas desgastadas, pero ya no hay alfombra ni pantalla, en su lugar se levanta una pequeña tarima y al fondo se lee “Jesucristo es el señor” en letras rojas. Un podio domina las escena y a los lados un equipo de sonido y una mesa. Poco a poco se llenan las primeras filas, cada persona que llega se acerca a la tarima y coloca en el suelo la fotografía de los familiares por los que rezarán hoy. Las música de fondo podría provenir de una emisora de radio cualquiera, solo que las letras de las canciones parecen construirse con base en una sola palabra: Jesús.

Los asistentes leen la Biblia mientras esperan, pero no se ven crucifijos ni imágenes por ningún lado. El “pastor” conversa aparte con una señora canosa con rostro de preocupación. Termina la charla y se percata de la presencia de dos personas ajenas al resto del grupo. Mira inquisidor, se acerca y pregunta “¿Usted tiene una libreta? ¿Por qué está anotando?”. Revisa los apuntes y deja la santidad a un lado para enfurecerse. “¡Eso no está permitido, este es un lugar público si usted viene a participar, pero si viene a investigar se convierte en privado!”. El pastor tiene acento brasileño, pero a medida que la discusión se acalora se le ven las costuras lingüísticas, cada vez le cuesta más controlar su ira, lo que deja en evidencia su lengua materna: el castellano costeño.

Para efectos de la discusión no tiene nombre, simplemente es un negro, encorbatado, de 1,80 metros y fornido. Pregunta por el grabador, comprueba que no está prendido, pero ya no hay vuelta atrás. Se siente “burlado”, “irrespetado”. A pesar de la promesa de no anotar ni grabar, continúa perdiendo la paciencia. No concibe que alguien presencie la ceremonia sin haber pasado por el proceso de sugestión y autoconvencimiento que la Iglesia de la Oración Fuerte al Espíritu Santo se encarga de transmitir a través de cualquier medio. Quieren convencer a los desesperados.

“Si ustedes estuvieran sufriendo no vendrían aquí a anotar ni a grabar nada. La gente que viene como ustedes lo hace para hacernos daño. Además, les invito a que salgan por la misma puerta que entraron”. Ante la poca sumisión decide no esperar la justicia divina, así que pide a uno de sus “colegas” que llame a la policía. Ya la discusión retumba en estéreo por toda la sala, los asistentes ni se atreven a mirar. Con el mismo fervor con el que invita a los fieles a entregar más de la mitad de su salario, el ministro dice: “yo soy pastor, pero también soy un hombre, y te puedo dar de coñazos”.

Ya en la calle y aclarada la intención periodística de la visita, los agentes de la Policía Metropolitana –que llegaron en menos de cinco minutos- estaban perplejos. El pastor continuó discutiendo: “Ustedes creen que yo tengo algo que ocultar, pero yo no tengo nada que ocultar”. Se le pregunta: “¿Por qué no podemos entrar entonces?”, contesta enfurecido: “Porque ya no quiero”.

El año pasado la policía no llegó a tiempo. En la sede de la Oración Fuerte al Espíritu Santo en Caracas, el pastor principal fue asesinado. Los delincuentes cargaron con más de 600.000 dólares en efectivo (en moneda local), que es lo que dejan los diezmos de una semana de milagros.

K.

1 comentario:

John Manuel Silva dijo...

Estoy de acuerdo con que todos los espiritistas y todas las pseudoreligiones son una estafa. Lo que nunca entiendo es porque siempre se hacen reportaje sobre como los evangélicos, santeros, paleros, lectores de tarot, etc. estafan a la gente y nunca se habla de como la Igalesia Católica, Apostólica y Romana, hace lo mismo.