martes, 14 de agosto de 2007

Maricatalina

La vía más libre de Cartagena

“Querida amiguita, te invitamos a votar, recuerda que faltan pocos días para la elección”, dice el único letrero en la antesala de la discoteca. Es que el próximo 18 de agosto se entregarán los premios India Maricatalina. Adentro hace menos calor que fuera, pero todos sudan más, transpiran sensualidad. Un hombre alto y viril, con casco amarillo de obrero se acera, sonríe, saluda; luego comprendo que me ofrece algo de tomar. No sé la hora pero ya la noche comenzó. Estoy en Vía Libre.

El taxista que me llevó dijo, sin dudarlo, que “de ese tipo, es la discoteca más antigua de Cartagena”. Al frente está el Cerro la Popa y nos detenemos en el número 19A-18 de la avenida Pedro Heredia. Pagué 10.000 pesos para entrar, 5.000 de ellos consumibles. Tras la barra, franqueada por cuatro paneles de acrílico iluminados en naranja y verde, está José Ramos. Todos le dicen “Jóse”, y recibe un trato especial por aquellos que lo consideran una institución en el ambiente. Probablemente ser el dueño de la discoteca gay tradicional de la ciudad lo ha hecho merecedor de ello. Viste una camisa naranja y sus medidas lo distinguen de los barmans, también sus canas hacen la diferencia entre los chicos coquetos y el señor afable.

Todos en la disco viven como propia la última victoria de Jóse, y hablan de ello con orgullo. Vía Libre fue expulsada de las murallas de Cartagena por estar en un local cercano a un liceo, y después de un pleito legal de más de un año, Jóse me dice complacido, pero sin apasionarse, “ganamos, pronto volvemos al centro”. Seguramente la entrega de los Maricatalina será allá.

Las inhibiciones se disuelven en el humo cuando me asomo desde el discplay, separado de la pista por 10 escalones que aguantan baile, besos, caricias y más. Arriba Marcelo, micrófono en mano, anuncia que el performance está a punto de comenzar. Le pregunto si hay muchos homosexuales en Catagena: “hay demasiados, pero son bacanos” dice, y contraataca: “¿Tu eres gay?”, y ante mi negativa no tiene reparos en decirme “soy hetero y quiero tener una aventura contigo”.

Abajo una pequeña tarima soporta el peso de Rodrigo, Alberto y Carlos. Están listos para comenzar la función vestidos con prendas que parecen robadas del closet de alguna tía solterona. Son el trío perfecto: la rubia, la morena y la pelirroja, todas con pelo en el pecho. La rubia, muy desenvuelta a pesar de lo descuidado de su peluca, abre el show con la mímica de una pieza interpretada por Monserrat Caballé. Fueron quince minutos de lluvia de papelillo, paños menores, chistes de “locas” y las peores canciones de Pulina Rubio, cerrando, como era de esperarse, con “Ese hombre es mío”. Puedo tocar la bola de espejos desde donde estoy, pero prefiero lanzarme a los jeans ajustados, las camisetas ceñidas y los colores del arcoiris, símbolo del orgullo gay.

Abajo todo se menea: negros, negras, rubios, rubias, gafas oscuras, canas, senos, piernas, nalgas y manos, muchas manos. Me da la impresión de que en un sitio heterosexual nunca habría podido ver tantas personas besándose al mismo tiempo. Todo al ritmo del techno. El discjockey acelera cualquier tema que le pase por las manos, de repente todos saltan con “Pequeña y frágil” de Saú, o con alguna imitación barata de Eurythmics y sus “Sweet dreams”. Pero si había alguien bailando sin pareja, tuvo que sentarse, porque cuando empezó el ritmo tropical se impuso la ley del apretadito.

La puerta del baño es transparente. A la derecha están los orinales y a la izquierda una poceta privada. Huele a eucalipto y el ambiente está húmedo. Un rubio perfectamente afeitado le pide a su compañero que no deje de besarlo mientras orina, están pasándola de lo mejor. No son los únicos, todos parecen estar relajados, contentos. La señora que cuida el baño también lo está, me pregunta por mi novia y le digo que no tengo. Se disculpa por haberme ofendido y acto seguido le aclaro que no me ofende en lo absoluto. “Así es la gente que viene a Vía Libre, no se complica y es feliz”, contesta la morena delgada que todos los jueves, viernes y sábados reparte el papel higiénico.

Pago 5000 pesos por un ron con Sprite, y ya me muevo a mis anchas por los 30 x 70 metros del local. Tengo los ojos entrecerrados y las luces titilan. Desde arriba un reflector me sigue a donde me muevo, es Marcelo (el animador hetero) que trata de intimidarme con el haz de luz. Pero resulta útil para mis acompañantes: sólo buscan la luz y me encuentran. De hecho, fue más útil aún cuando uno de ellos, sin quererlo, fue abordado por una camiseta roja y ajustada y unos ojos verdes con mirada desesperada.

Miguel quería mucho más que baile con mi acompañante y tuve que aclarar la situación. Comenzamos a conversar, contó que vive en Sincelejo y que viene cada dos semanas a rumbear a Cartagena. Es arquitecto y trabaja en la construcción de viviendas de interés social para refugiados. Su relación con Angel está pasando por un mal momento, por eso, a pesar de que fueron juntos a bailar, está buscando a alguien más. Insiste en que le gusta mi amigo y pide que nos besemos para comprobar que no somos gay. Con sus ojos verdes y grandes me dice emocionado que fue postulado a la India Maricatalina como el más regio. “Imagínate que hay una categoría que se llama ‘miss capa de ozono’, se la dan al que el agujero se le pone cada vez más grande”, y lanza una carcajada estruendosa.

Gustavo no ha bailado en toda la noche a pesar de su perfil perfecto, cuerpo escultural y 24 años. Estudia publicidad y se siente un tipo con suerte, “mi familia me acepta, mis mejores amigos también saben que soy homosexual, aunque no se lo cuento a todo el mundo”. Su última relación terminó hace poco, ya no está con Jóse, tal vez por eso le incomoda bajar a la barra. No duda en afirmar que la comunidad gay de Cartagena es grande, pero se lamenta de que el machismo influya en el comportamiento de muchos. “Se ve mucha bisexualidad porque hay quienes, para evitar la presión social (esta ciudad es pequeña y todo se sabe), mantienen relaciones con hombres y mujeres”, también comenta que esa noche hay más mujeres homosexuales que en ninguna otra.

La música para bruscamente, las luces se encienden, y los ojos verdes de Miguel ya no son verdes. Fusil en mano entran cinco agentes de la policía Metropolitana. Jóse me invita a pasar detrás de la barra y las mujeres guardan sus carteras allí. “Es que la toma de posesión de Alvaro Uribe es el miércoles y han soltado los perros”, dice mi acompañante. Jóse saluda al comandante como a un viejo amigo, va a la caja y pide efectivo. Charlan mientras los policías piden identificaciones. La rubia del performance, ahora transformada en un hombre con camiseta de Superman, no se inhibe con la presencia policial. Se sienta sobre la barra y comienza a cantar de nuevo la pieza de Monserrat Caballé. “Se llama ‘la felicidad’, y pase lo que pase hay que seguir cantándola”. Pregunto si es usual que esto ocurra, Jóse me contesta que no, “lo que pasa es que este comandante es nuevo y quiere pasar revista a todos los locales para cuadrar el sueldo”, dice, confiado en que pronto llegarán a un acuerdo de convivencia.

Sigo sin saber la hora, y de vuelta a casa mi otro acompañante hace sólo un comentario: “En este ambiente hay igual o más discriminación que afuera. Los lugares se dividen según el auto del que te bajes al llegar; pero en Vía Libre no pasa eso, es una disco clásica y popular al mismo tiempo, no es plástica”.

A las 2:00 de la tarde me despierto y llamo a Jóse. Con la misma tranquilidad de la noche anterior, acepta mi invitación a conversar. A las 9:00 pasará por el hotel y lo entrevistaré para hacer un reportaje.
K.

3 comentarios:

John Manuel Silva dijo...

Me quedó una duda. ¿Cuando el chico les pidió a ti y a tu amigo que se besaran, lo hicieron?

Anónimo dijo...

Para John Manuel: no se si te pasó lo que a mi, pero solo al final entendi que quien escribe el blog es una mujer...

Kaury Ramos dijo...

jajaja... si, soy mujer... y lo del beso, me lo reservo.
K.